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Una noche en la selva (introducción)

Escrito por proyectoviajar

Lo que a muchos podría parecerles una forma incómoda, complicada de llevar a cabo y hasta un poco insegura de viajar, generalmente es lo que nos pone en los lugares, momentos y con las personas más especiales de los viajes. Andar por caminos no recorridos, visitar pueblos casi perdidos, encontrarnos en senderos sin huellas y dejarnos llevar por el viento que sopla en la ruta que un desconocido nos indica, añade a nuestros viajes algo difícil de encontrar en guías turísticas. Lo bello de viajar así, sin un plan, es estar dispuesto a que el señor del almacén te recomiende su esquina favorita de la ciudad, simple como eso. Lo lindo de viajar sin reservas, es la incertidumbre de no saber donde vas a dormir esta noche, aboliendo la aburrida seguridad de lo pre-pactado. Lo divertido de no adquirir paquetes ya diseñados, es la libertad de accionar como y para donde quieras, cambiar el rumbo si algo no te gusta o quedarte todo el día ahí sentado contemplando el paisaje y la inmensidad si así te nace. Podría seguir argumentando con mil artilugios no estudiados una manera de viajar, que es la que elegimos: llena de momentos mágicos, molestos, incómodos, atrevidos, inolvidables, únicos e irrepetibles.

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Habiendo viajado un poco, podemos decir que es de las aventuras más revitalizantes de la vida, y que, a pesar de eso, no deja de ser peligroso, complicado, cansador, difícil y desafiante por momentos, como la vida misma. Uno no sale de su vida para viajar por un rato, viaja como parte de la vida. Dicho esto, entendemos que viajando, la vida nos pone a prueba sobre todo cuando tomamos decisiones distintas a las que tomamos siempre, cuando salimos del ciclo “hago esto porque es lo que haría siempre que me pase esto otro”. Nosotros mismos ponemos a prueba nuestro instinto y capacidad de adaptación a lo nuevo, porque buscamos crecer inevitablemente, queremos avanzar y cambiar.
Y una cosa lleva a la otra… un impulso de vida te empuja a viajar, el viento te sacude directo a Colombia… sentís el llamado de la naturaleza cual Tarzán de la jungla, y el sendero del Caribe te estaciona en la puerta de un cúmulo de 15.000 hectáreas de selva tropical. Ingresás en una dimensión desconocida, donde todo se sucede tan lentamente, las aves danzan al ritmo de las hamacas paraguayas, la ilusión se hace palmera, blanda, siguiendo al viento, el verde exagerado te llena de oxígeno los pulmones que ya respiran más puro y esas piernas movedizas te invitan a nadar y se agotan de relax y te piden más, más acción. El insatisfecho espíritu del viajero atrevido pide permiso para ganar más que playa-caribe-arena-mar-sol-relax y acá viene la historia que tengo para contarles, con algunos sustos y muchos recuerdos de una experiencia que nos cambió la visión de la selva y de nosotros mismos, para siempre.

TayronaPart1_7Nuestra ruta por Colombia la fueron dibujando las personas que conocímos en el camino, quienes nos obligaban amablemente a no perdernos tal o cual pueblo, ciudad o lugar específico. Así fue como aterrizamos en el Parque Nacional Tayrona, famoso por sus espléndidas playas, con toda razón. Habíamos dejado el exceso de equipaje en el hostel de Santa Marta, y con una tonelada de comida y agua en bolsas de 5 lts. en la espalda, tomamos el autobus de las 9. Al rato habíamos llegado, felices de arrivar al fín a uno de los lugares con los que más fantaseábamos.

TayronaPart1_9Antes de entrar, vimos el video explicativo sobre los ecosistemas y características de la fauna y flora, qué bien descripto está acá. Para que se den una idea, habitan halcones, caimanes, iguanas, tortugas, monos, jaguares, perezosos, armadillos, venados, ocelotes, osos hormigueros, casi 400 especies de aves y la vegetación va cambiando según la zona, pero en general es muy frondosa. Felices, hicimos la cola para pagar el ingreso donde conocimos a Beto y su familia.

No seguir ciertas guías para viajeros que recomiendan shuttles para ir desde el punto A hasta el punto B, y en cambio, tomarnos el colectivo local en Santa Marta, que nos dejó en la entrada del Parque, nos llevó a conocer a esta familia, que luego se convertiría en nuestra anfitriona y más tarde en amiga.

Entonces, no teníamos idea de lo que nos esperaba allá adentro. Con sólo dar el primer paso, nuestros sentidos se agudizaron, sin querer nos olvidamos del mundo conocido para adentrarnos como pequeñas hormigas en el jardín de “Querida encogí a los niños” y nos dejamos deslumbrar por la majestuosidad del lugar.

TayronaPart1_4Fuimos con Beto en su camioneta hasta el punto final de la carretera. Los caballos que alquiló, llevaban nuestras mochilas y emprendimos la caminata más liviana de nuestro viaje. Volábamos entre escalones y rocas gigantes provenientes de derrumbes prehistóricos y saltábamos raíces que parecían árboles. El viento tocaba una canción de aventura mientras subíamos exhaustos una empinadísima escalera. Escuchábamos el mar cada vez más cerca. De repente lo vemos y nos volvemos a alejar rápidamente, siguiendo cartelitos mínimos que indican el camino hacia la civilización dentro del Parque. Teníamos que llegar al camping. No sin antes disfrutar de algunas de las vistas más bellas del caribe colombiano desde lo alto de los cerros.

TayronaPart1_3Los manglares aparecen y la tierra se transforma en arena por momentos. La conversación se vuelve amena y vamos de la mano con Mati, el hijo menor de Beto, que se toma un heladito en el camino para reponer fuerzas. La transpiración es fuerte y el aire escaso, a pesar de lo livianos que vamos, nos cansamos. Después de 1.30 hs., divisamos caballos, un paraje, el techito de una carpa.
—Allá veo algo! —grita Lorenzo, el hijo menor.
Habíamos alcanzado el objetivo. Llegamos a la zona de acampada, listos para un baño, un buen descanso, mucha agua y algo de comida.

TayronaPart1_1 TayronaPart1_6Pero antes, siguiendo las reglas del buen acampante, pusimos manos a la obra y clavamos estacas por doquier. Beto hizo lo mismo con sus co-campistas primerizos y estábamos listos para un almuerzo fugaz antes de clavar la vista en la playa. ? Con las carpitas armadas y las mochilas acomodadas, a ponerse la malla, ojotas y correr!! Un caminito lleno de palmeras nos guiaba camino a las blancas arenas y aguas tibias del Tayrona. Nadie podía sacarnos la sonrisa de la cara, el agua nos llegaba hasta el cuello y las olas parecían no romper nunca. Un pequeño puesto de comida ofrecía ceviche y jugos naturales, las piedras enormes marcaban los límites de la playa Arenilla y el aire acariciaba suavemente las nubes. Todo era perfecto…

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Acá está la 2da. parte.


Esta es la introducción a una historia contada en 3 partes: introducción, nudo y desenlace.
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